En el ojo del huracán artístico que con mayor fuerza ha producido Puerto Rico, todavía persisten debates sobre si el impacto cultural de la serie de conciertos de Bad Bunny es realmente positiva para la isla.
A pesar de atraer sobre 600,000 visitantes a nuestra isla, generar alrededor de $25 millones en cobertura mediática gratuita en medios internacionales, aportar sobre $200 millones a nuestra economía, y crear sobre 3,600 empleos al elegir una residencia histórica —sectores conservadores continúan cuestionando si es apropiado celebrar al artista, buscando reducir su obra a una crítica moralista centrada en el uso de su lenguaje explícito.
Incluso, buscan imponerle problemas sociales—la caída del matrimonio, la baja tasa de fertilidad, la disminución en hogares familiares y la tasa baja de participación laboral—a sus canciones y lemas provocadores como “Yo Hago Lo que Me Da La Gana”.
Ciertamente vivimos en una democracia donde todos tenemos derecho a la libre expresión. Un artista, al ser figura pública, entiende que las críticas de personas desconocidas es uno de los peajes que tienen que pagar para vivir sus sueños. Tampoco se puede negar que el artista más popular de nuestros tiempos no tenga influencia. Claro que la tiene.
Pero me sorprende que estos “moralistas” se le escape una realidad tan obvia en su evaluación.
Los artistas son humanos y pueden contener contradicciones. ¿O acaso uno es la misma persona como padre, que es como amigo? ¿Uno habla de la misma manera cuando estás con el jefe que cuando estás de fiesta?
Si un artista es una persona que usa su creatividad—mezclando sus habilidades con su sensibilidad—para producir obras que comuniquen, conmuevan y cuestionen nuestros experiencia humana, entonces ¿cómo suena lógico exigirle que repita el mismo mensaje todo el tiempo?
El artista conecta con la audiencia porque sabe articular amores y desamores, aspiraciones y frustraciones, euforia de placeres y hasta críticas sociales—todo como parte de su propuesta. Esta ambivalencia no es una “hipocresía”; es precisamente lo que lo humaniza.
Todos padecemos. Todos añoramos. Todos nos exaltamos y todos compartimos opiniones sobre cómo nuestra sociedad puede ser mejor. Esa ambivalencia es el hilo conductor que nos entrelaza en nuestra breve experiencia humana.
Yo escucho a Bad Bunny. Tengo suficientes años para recordar ver a Wisin y Yandel cantando en un quinceañero, a Daddy Yankee y Nicky Jam en una fiesta cuya entrada costaba solo $20. Recuerdo perfectamente la primera vez que escuché El Abayarde— el disco que cambió por completo el lente con el que veíamos todo el género urbano.
Según este sector conservador yo era “susceptible” a caer en malos caminos. A ser influenciado negativamente por las canciones. Hoy día soy padre, esposo, profesional, dueño de una casa y empresario
No digo esto para darme golpes al pecho, sino porque los grupos conservadores— tal y como han hecho a través de la historia— prefieren demonizar a los artistas, que con su creatividad, transforman la cultura.
Les incomoda cuando ven a un exponente disruptivo que no encaja en el molde de su preferencia porque no expresa sus valores, jerga, y realidades. Para ellos es difícil aceptar una transformación cultural en tiempo real. La salsa era “cafre” para los puertorriqueños de la década del cincuenta. Hoy, suena en el disco navideño del Banco Popular.
Lo mismo ocurrió con el tango en Argentina, la samba en Brasil, El rock heavy metal en Estados Unidos en los 80 y el reggaetón aquí en los 2000. Lo que es rechazado por la mayoría en el momento, luego es celebrado como cultura de un país.
Bad Bunny se ha ganado el cariño de la gente, tanto dentro como fuera de la isla, precisamente porque lo ha hecho a su manera. Cantando en español, ejecutando una residencia histórica, y creando un portafolio de himnos que exaltan el orgullo boricua que se escucharán por siempre.
Esa confianza desmedida, esos delirios de grandeza, sirven de inspiración a empresarios, creativos, y profesionales a perseguir su propia leyenda en una sociedad que constantemente busca encajonarte para continuar la corriente.
Si eso no es hacer patria, si eso no tiene un impacto positivo para el país … quizás en 50 años, cuando ya no estemos aquí, pero existan películas de esta época, museos que documenten, documentales que analicen y los Institutos de Cultura lo expliquen… quizás ahí, lo entenderán.
Sobre el Autor:
Soy Asesor Financiero, Escritor, Empresario y Host del video podcast La Maestría con Raúl Palacios. Como eterno optimista, mi meta es compartir historias, que logren inspirar, motivar y ayudar a mis lectores a tomar mejores decisiones sobre sus carreras y estilos de vida para que juntos podamos contribuir activamente al renacimiento de nuestra isla.
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Publicado: 02 de agosto del 2025